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 INDICE

Cuentos

LUNA DE MEDIANIA

 

HO CAPITO CHE TI AMO

Llegaron de noche,

tras sus lámparas gigantes, ladrando órdenes

llegaron de noche, llegaron de noche

los hombres blancos con sus revólveres.

Roy Brown

 

        a  Reynaldo Marcos Padua

 

 I

Antes del amanecer, las embarcaciones se deslizaron sobre el agua como fantasmas siniestros.  Había sido una noche sin luna y la orilla se difuminaba en una sombra confusa.  A través del chapoteo del agua ocasionado por el movimiento de los remos, se oía el concierto estridente de grillos y coquíes que invadía el ambiente como un presagio de mal agüero, como la alerta inútil de una gran tragedia.

 

El Generalísimo ordenó el desembarco de las tropas.  No encontraron oposición inmediata porque nadie los esperaba en la soledad de aquel paraje.  El plan original era desembarcar por el este, pero la demora y la excesiva publicidad al asunto hicieron que los planes cambiaran para tomar al enemigo por sorpresa.  De allí a la población más importante de la Isla sería un paso y la ocupación se haría en menos de lo que canta un gallo.  Ese sería el primer acto de soberanía de la Gran y Justiciera Nación en la Isla.

 

La fuerza de mando se componía del Generalísimo y un contingente de soldados que fueron los primeros en desembarcar.  Remaron hasta un pequeño muelle solitario donde tomaron tierra.  Un grupo arrió la bandera existente e izó la de las estrellas y las franjas.  Después se desplegaron para cubrir el desembarco de nuevas tropas.

 

Atrás quedó anclado el buque que los condujo hasta aquel rincón del mundo olvidado por Dios.  Allí comenzaría el intento de exterminio de una raza que se resistiría a la suerte que le había asignado el poder oculto tras la máscara de la redención.

 

Poco después se percataron de que la estrategia utilizada no era del  todo desconocida por el enemigo:  tan pronto arriaron la bandera de los primeros invasores, fueron blanco de una emboscada.  Inmediatamente, el fuego fue contestado por una línea de tiradores que se apostaron en el camino que conducía al interior.  La fuerza que le hizo frente a la tropa invasora se componía de un número insuficiente de soldados al servicio de la Gran Corona.  Estos se encontraban vigilando rutinariamente la playa cuando divisaron en el horizonte, durante el atardecer del día anterior, la flota que se acercaba a la costa.  Inmediatamente se ocultaron y enviaron mensaje a la población más cercana solicitando artilleros para hacerle frente al enemigo.  Esperaban que, de un momento a otro, llegaran los refuerzos para ahuyentar a los invasores.

 

El enemigo en tierra estaba bien organizado y motivado.  No obstante, el fuego no hizo blanco.  Bastaron únicamente los cañonazos del Gloucester para que los soldados de la Gran Corona se replegaran, desmoralizados. Esto motivó el desembarco de más tropas invasoras.  El olor a pólvora se hizo impenetrable y sustituyó al del salitre y la yerba.  El humo tendió un manto brumoso en el paisaje antes límpido.  El ruido de la artillería ensordeció la algazara de las aves y los grillos.  No había caso.  Era una lucha en la que todo lo hermoso y natural no tenía nada que ver. Era una lucha entre dos titanes que medían sus fuerzas, en territorio  ajeno a ambos, destrozando todo lo que encontraban a su paso.  El trofeo, el botín de guerra, sería aquella tierra que en buena ley no le correspondía a ninguno.

 

Al estruendo de los primeros cañonazos una gran cantidad de los habitantes del poblado huyeron despavoridos dejándolo con el aspecto de un pueblo fantasma.  Nada tenían que ver con aquella lucha y en ningún momento se les había pedido su opinión.  Hacía varios siglos que soplaban los vientos del miedo.

 

La resistencia fue débil.  El pueblo había estado custodiado por once guerrillas de caballería armadas con fusiles Remington recortados.  Esta fuerza fue la que hizo frente a los invasores en el primer momento.  Cuando cayeron varios heridos, los demás se replegaron hacia el interior.  Durante los primeros momentos del combate, los buques anclados en la bahía iluminaron con sus reflectores el escenario en el cual se desarrollaría la escena bélica.  Los relámpagos artificiales alumbraban implacablemente los cerros adyacentes vigilando la retaguardia.

 

Las autoridades que administraban la colonia recibieron el mensaje de la invasión inminente por la Bahía Ancha.  Activaron al batallón Cazadores de la Patria.  Su Teniente Coronel, siguiendo instrucciones del Capitán General, le hizo frente a la avanzada, pero al darse cuenta de que no podrían enfrentar aquella fuerza superior, se retiraron al próximo poblado según la orden impartida por el Capitán General.  Más tarde, al perderse los telegramas que le ordenaron la retirada, pesaría sobre la espalda del Teniente Coronel el cargo de deserción.

II

Después de ese primer encuentro, la invasión continuó su curso y comenzó su Marcha Triunfal.  Los caminos los dirigían al próximo poblado.  Para agenciarse el respaldo de los naturales y anticiparse a cualquier alianza posible entre estos y los soldados de la Gran Corona, los nuevos invasores regaron la voz de que el suyo era un ejército libertador.  El mensaje fue transportado y transmitido por guías-intérpretes que los acompañaban.  Se les hizo creer a los campesinos que los librarían del hambre, la enfermedad y la opresión.

 

Mientras eso ocurría, se inició otra marcha, la Marcha Desastrosa.  El Teniente Coronel iba al frente de su escuadrón.  Estaba apesadumbrado, pero no demostraba su preocupación.  No obstante, su pensamiento era escabroso como el camino que seguían.

 

¡En verdad, nunca pensé encontrarme en una disyuntiva como esta, en esta situación tan oprobiosa, exponiéndome a vejámenes, al escarnio público... «Retirada.»  Sobre mi cabeza pende, como la espada de Dámocles, la amenaza de una corte marcial, el deshonor…  Un hombre de mis ejecutorias…  Y mi mujer que siempre anda exigiendo demasiado de mí… Con una posición que defender…  Mis hijos… el cuadro de hijos  que tengo…  Y mi amor en un hilo…  Los deseos haciéndose polvo dentro de mí…  Mis aspiraciones convertidas en sal y agua por esta retirada desastrosa y vergonzosa, por este pedregal…  bajo este sol endemoniado... Toda mi vida dedicada al servicio de la Corona…  Y ahora…  todo perdido...  Mi carrera, mi dignidad  echadas a perder por esas órdenes inoportunas…!

 

Es una guerra que deberíamos ganar, pero estamos ante un enemigo poderoso, carajo.  Aún así podríamos hacerle frente si tuviéramos suficientes hombres y armas adecuadas.  Llevamos más tiempo aquí. Tenemos esa ventaja, al menos.  «Retirada»  ¿Retirarnos ahora?  ¡Ca! ¿Nosotros? Siempre fuimos guerreros, conquistadores, recobramos de los moros lo que nos arrebataron, sometimos pueblos enteros.  Nunca nos  dimos por vencidos.  No puede ser que ahora nos derroten.  Y de esta manera tan ignominiosa…  Se puede perder una batalla, pero no necesariamente una guerra.  …ellos no conocen el terreno, pero vienen  con ganas de quedarse.  Hay que reconocer que son valientes.  Además, son muchos y están bien equipados.  Tienen mejor armamento:  armas potentes y modernas.  No como estas viejas escopetas que a veces nos estallan en la cara.  He visto algunas de esas armas nuevas en nuestros cuarteles, pero no son suficientes.  Por otra parte, si nos enviaran refuerzos quizá podríamos…

 

Este camino se alarga interminablemente y pronto nos va a caer la noche encima.  Mis hombres están cansados.  Me reprochan incesantemente, con esa mirada de soslayo, con esa mirada escrutadora…  No dicen ni media palabra.  Creen…  creen que soy un cobarde…  Ya ni llevo la cuenta de cuántos han desertado.  Los voluntarios se escurren por los costados del camino y se pierden por las veredas para salvar el pellejo.  ¿Qué se puede esperar de ellos?  Son…  unos pobres diablos.

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La impedimenta, de verdad, nos atrasa.  Es muy pesada.  Total…  Casi nada de lo que queda en esas mochilas nos sirve en estos momentos.  El enemigo nos pisa los talones.  Además, tenemos que llegar al norte por este camino escabroso en el tiempo límite que ordenaron.  ¡Y todo por esas órdenes absurdas con las que nunca estuve de acuerdo…!  «Retirada» decían los puñeteros telegramas.  Pero los malditos ahora no aparecen.  No sé cómo se me han perdido.  Estoy jodido, arruinado…  Alguna mano alevosa anda detrás de todo esto.  «Retirada»  ¿Quién soy yo para  contradecir las órdenes de mis superiores?  Ellos están haciendo la  guerra sentados en sus despachos de palacio y yo estoy aquí, en el campo  de batalla…  ¡Qué pueden entender!  Yo soy el que debo responder por mis hombres, por mis actos y por lo que resulte de todo esto.  Hubiera sido más honroso morir en  batalla que huir como un…  miserable cobarde… Pronto la noche caerá… sobre nosotros, el sol ya no…

III

Tomaron el camino del poblado hacia el interior, por la zona selvática. Casi inesperadamente, comenzó a llover de forma torrencial.  El camino era imposible.  Algunos caballos resbalaban y caían rodando por el suelo con todo y jinetes.  Los soldados se hallaban empapados.  Mientras, el  frío les iba calando los huesos.  El cansancio hacía presa de ellos. Tuvieron que abandonar la impedimenta a la orilla del camino para completar su misión en la fecha que el Capitán General había ordenado.

 

El Teniente Coronel se sentía perdido sin los telegramas, única prueba de las órdenes recibidas.  Buscó y rebuscó las alforjas y no los encontró.  Envió a un Cabo para que registrara el alojamiento que habían ocupado en el pueblo que quedó atrás.

 

El emisario, siguiendo las instrucciones de su jefe, se dirigió al pueblo evadiendo las columnas de soldados enemigos.  Se internó en la zona selvática, bajó por el pedregal y subió a la loma en la que se encontraba la casa de hacienda desde donde habían estado vigilando el avance de la invasión.  Entró sigilosamente.  Nadie.  Un silencio absoluto se había instalado en la estancia.  Los moradores de la vivienda habían huido a un refugio probablemente más seguro.  Los invasores no se molestaron en subir hasta allí.  No querían perder el tiempo en minucias.  El objetivo principal era tomar los puntos más importantes de los poblados para establecer control.

 

El Cabo entró a la sala, los dormitorios y demás habitaciones.  Buscó gavetas, registró escritorios, roperos, baúles y no encontró nada. Levantó alfombras, movió muebles y el resultado fue el mismo.  No dejó una pulgada del lugar sin el debido registro.  Ni rastro de los telegramas.  Luego llegó hasta el pueblo y entró a la casa alcaldía donde el Teniente Coronel había pernoctado.  Estaba desierta.  Hizo un registro similar al que efectuó en la casa de hacienda con el mismo resultado.  Cansado de buscar, regresó, ya tarde, exhausto y con cara de desaliento para dar cuenta a su superior.  Entonces, el Teniente Coronel pudo comprobar que ya no había remedio.  Estaba perdido…

IV

Continuó, junto a sus hombres, repechando el camino empinado, bajo el temporal, hambrientos, ateridos y cansados.  Sus cuerpos chorreaban agua y fango.  La desolación era palpable.  Todo era negro, oscuro.  El cielo había desaparecido bajo las nubes negruzcas y las copas de los árboles. Era una peregrinación espantosamente triste.  Unicamente se escuchaba el golpe de lluvia furiosa sobre sus caras, sus cuerpos, sus monturas.

 

De pronto, entre el ruido monótono de la lluvia y los pasos, se escuchó una descarga de fusilería que llenó el espacio de detonaciones y pólvora.  Corrieron a parapetarse tras los árboles de la orilla del camino, preparándose a contestar el fuego, pero no se escuchó nada más.  El Teniente Coronel envió una orden a través de señas y varios hombres, sigilosamente, registraron las malezas y alrededores, pero no encontraron a nadie.

 

Luego del susto, pasaron la noche allí mismo, en el fangal, sin fuego y sin alimentos, sintiendo cómo los huesos se les soldaban en las  coyunturas, cómo el temblor del frío y del miedo les estremecía eléctricamente las neuronas hasta casi perder el sentido en aquella vorágine.  El Teniente Coronel no pegó los ojos en toda la noche.  Se sentía febril.  Pensó en la situación en que se encontraba.  Pensó en Mariana, su mujer.  Pensó en Aurelia, su amante.  Sintió la desgarradura de su vida escindida.

 

Mariana…  Sabes cuánto te amé.  ¡Cuánto te quise desde el principio!  Pero tus exigencias siempre me amargaron y estrangularon todo lo bueno que había dentro de mí para ti  Me querías para poder representar el papel social que te enseñaron de niña.  Te criaron para ser una dama de la gran sociedad, pero no contaban con las vueltas que da la fortuna, amiga de sorpresas amargas.  No tenías porvenir en Madrid.  Yo sólo fui tu tabla de salvación ante la hecatombe familiar…  Yo, criollo, pero aristócrata, hijo de ricos propietarios y militar con un futuro prometedor…  ¿Para qué más me querías?

 

Me seguiste hasta esta isla lejana en contra de tu voluntad.  Tu deber de señora devota te lo imponía, no el amor.  Nunca me perdonaste…  Tu  vida se llenó de amargura.  ¿Dónde estuvo tu corazón cuando te supliqué que me amaras?  Pronto me di cuenta de que eras feliz tan pronto me  alejaba.  El deber me imponía largas ausencias que parecías disfrutar.  Fingías tristeza cuando me despedía de ti y de los chicos, pero… vamos, yo sabía que deseabas un descanso de mis urgencias amorosas.  Lo sabía cuando veía la mueca de fastidio en tu cara a mi regreso.  Los hijos… nuestros queridos hijos…  Imagino que fueron tu precio por observar los convencionalismos de nuestra posición social…

 

En cambio tú, mi querida Aurelia, tan generosa en el amor…  Me abriste tu corazón aquella tarde en el mercado cuando nuestras miradas se encontraron.  No pusiste condiciones, no sé si por el deslumbramiento natural de una joven pobre ante un hombre como yo o si, sencillamente, fue por amor.  Lo que sé es que me recibiste sin exigir nada a cambio, libre, decidida, arrojada.  Abriste los brazos al amor tan pronto toqué a tu puerta.  No pediste nada…  Sólo que te amara, que fuera el único hombre en tu vida.  Me seguías a donde quiera que iba y me esperabas ansiosa en el lugar preciso donde podías regalarme tu amor, sin testigos.  No sé cómo llegué a amarte de esta manera…  Quizá convertí en amor hacia ti la rabia profunda que me provocaba el desamor de Mariana. ¡Si tú fueras ella y ella fuera tú!  Porque siempre te dije que no había futuro para nuestra relación.  Somos diferentes.  Nos separa un abismo. Nos separan exigencias sociales que nada tienen que ver con el amor.  Un hombre como yo tiene demasiadas ataduras para dejarlo todo por amor. Son muchas cosas, Aurelia:  hijos, mujer, posición social, carrera, religión.  Son muchas cosas…  Si tú me aceptaras como lo has hecho hasta ahora, sin condiciones, mi Aurelia…  Pero ahora tú también me exiges que haga una elección en nombre de un hijo que viene en camino.  Y yo no sé qué hacer.  Me dices que si no tomo una decisión no te volveré a ver.  Dar mi apellido a tu hijo…  No sé…  No sé qué hacer…  Y ahora esto…  Te necesito, Aurelia, no me abandones, no me dejes, que el mundo se me está cayendo encima…

V

Al salir el sol lucía sereno, seguro, tranquilo.  Reanudaron la marcha y, por fin, llegaron a la Cordillera Central.  Luego de un breve descanso, el jefe y los oficiales reorganizaron el batallón y se dirigieron a la Villa del Norte.  Allí los esperaba el Teniente Coronel Rodríguez con órdenes de relevarlo del mando y asumirlo él.  Eso contrarió aún más al Teniente Coronel que estaba cansado, molesto y agobiado.  El rival de siempre ahora estaría al mando.  Pensó que todo había sido una estratagema para asumir el poder e imponérsele.  Ese suceso le hizo ver que lo habían condenado de antemano.

 

Dios…  Corte marcial…  Deshonor militar…  Deshonra social…  Vergüenza eterna…  Este hombre se ha salido con la suya.  Me ha dado una puñalada a mansalva.  ¿Qué pretende en este momento?  ¿Por qué siempre se ha ensañado contra mí?  ¿Qué quiere?  ¿Los despojos, como un animal de rapiña?  ¿O es que no se ha dado cuenta de lo que se nos viene encima?  Todo se derrumba e insiste en su guerra pequeña, mezquina, contra mí. ¿No ha ponderado la situación por la que atravesamos?  ¿En qué mundo está viviendo ese miserable?  Y ahora está al mando.  Pobre iluso.  ¿Al mando de qué?  ¿De una tropa de hombres que serán deportados?  ¿De un ejército ya de antemano vencido…?

VI

Por órdenes superiores, el Teniente Coronel tuvo que entregar el mando de Cazadores de la Patria y rendir cuentas sobre los sucesos ocurridos después del combate de Yauco y sobre el abandono de equipo militar durante la Marcha Desastrosa.  No teniendo a mano los telegramas que justificaran la retirada por orden del Capitán General, no tuvo más remedio que entregar el mando amparado de su última dignidad.

 

Luego de dejar a su tropa bien alojada y atendida, intentó aclarar su conducta, mediante la vía telegráfica, a la Capitanía General.  No obstante, recibió una fuerte crítica y una agria reprimenda.  La duda sobre sus actuaciones atentaba contra su honor e integridad como oficial del ejército de la Gran Corona.

VII

Los nuevos invasores entraron al próximo poblado y fueron saludados por el pueblo con vítores, aplausos y aclamaciones.  Las multitudes se agolparon en las calles y en la plaza pública.  Todos querían saludar a los representantes de la Gran y Justiciera Nación.

 

Ya habían instalado en el pueblo un destacamento y una estación de telegrafistas.  Lo convirtieron, provisionalmente, en una base militar apertrechada con un tren de 25 vagones y 20 plataformas para transportar toda una brigada, armas y municiones.  El objetivo principal era la Ciudad Señorial y ya estaban preparados para tomarla.

VIII

Mientras eso ocurría, el Teniente Coronel, después de entregado el mando, no pudo dormir durante toda la noche, ni siquiera se acostó, aun cuando llevaba varias noches en vela y ameritaba descanso.  Fue una noche interminable.  Sumido en sus cavilaciones, intentaba encontrar una explicación al atolladero en el que se encontraba.  A su mente vino un tropel de pensamientos diversos:  la marcha desastrosa, la derrota, Mariana, Aurelia, los hijos criados, el hijo por venir, la corte marcial, el deshonor, el desprestigio, la traición, el amor, el desamor, la ira, la rabia, la impotencia…  Y vio aquel mundo desmoronándose bajo sus pies, sin un apoyo, sin un respaldo.  Todo, todo escapando vertiginosamente de sus manos.  Y una fuerza poderosa, descomunal, apartándolo de todo, arrojándolo por el espacio hacia otro mundo, hacia otra vida.  Solo, herido, abatido, derrotado…  Como una sombra roja sus pensamientos se iban adensando…

 

El mundo se acaba, se derrumba...  ¿Dónde está ahora el poder, dónde la gloria, dónde la felicidad, dónde el amor?  ¿Dónde?  Nada… No queda nada…  De golpe y porrazo todo va a desaparecer sin remedio.  Todo, todo, todo…

IX

Por la madrugada, salió ataviado con su uniforme y todas sus armas hacia la playa.  Lucía sereno, tranquilo.  Al llegar, inhaló el aire fresco y puro de la mañana hasta llenar, a capacidad, sus pulmones.  Exhaló.  Suspiró.  Parsimoniosamente, desenvainó el sable y lo clavó en la arena.  Apoyó su mano izquierda sobre la empuñadura.  Intentó pensar en Aurelia, pensar en Mariana, en sus hijos, en España, pero no pudo…  Lanzó su mirada hacia el mar, fijó sus ojos desafiantes en la línea azul del horizonte y, de un halón de gatillo, seco y certero, se disparó un tiro de revólver en la cien derecha.  Cayó pesadamente con una rodilla en la arena al tiempo que dobló con su cuerpo el sable, poco antes de morder el polvo de aquella tierra suya y olvidada por Dios.

X

A través del mar se transportaron miles de soldados que invadieron la ciudad.  Ese día, al amanecer, los invasores tomaron posesión de la Ciudad Señorial en nombre de su Gran y Justiciera Nación.  Luego colocaron en la azotea de la Aduana, un cañón automático Colt de 6 milímetros, dos marinos en la oficina del Cable y los demás hombres dispersos por toda la ciudad.  Después de  establecer su Cuartel General en dicha Aduana, el Generalísimo leyó la Proclama de propósitos altruistas y redentores ante un pueblo eufórico que quería tomar las armas contra lo que quedaba de las fuerzas de la Gran Corona.

 

Y allá… en una playa solitaria, yacía el cuerpo inerte de un hombre con la boca empegotada de sangre y de arena.  Un pescador a esa hora de paso lo vio, lo empujó con un pie, se dobló y le registró los bolsillos.  De uno de ellos extrajo unos papelillos excesiva y meticulosamente doblados, que contenían un escueto mensaje:  «Retirada.»  No pudo entender su significado, por lo que, encogiéndose de hombros, hizo una bolita de ellos y la arrojó al mar.  Después siguió tranquilamente su camino.

Para él, que no lo sabía, era el primer escalafón en la Marcha Triunfal de los recién llegados.  Era el primer día de la historia…  Era el primer día cuando soplaron una vez más los vientos del miedo.

 

*Este cuento ganó premio en el Certamen de cuento del Ateneo Puertorriqueño (1998), dedicado al centenario de la invasión estadounidense a Puerto Rico en 1898.

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(c) Margarita Maldonado, noviembre de 2002.