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INDICE

EL PRIMER DIA DE LA HISTORIA

LUNA DE MEDIANIA

 

Cuento

Ho capito che ti amo

 

 

 

 

 

a Wenceslao Serra Deliz 

a Luis Mcfee 

Esa era una noche distinta en su vida. No como otras. Noches de candilejas, de bohemia, de canciones, de espectáculos, de flashes, de aplausos. Era una noche triste, inmensamente triste, inconmensurablemente triste. Entró a la habitación del hotel aflojándose el nudo de la corbata mientras barría con la mirada ausente el ámbito en penumbras, precariamente iluminado por la pequeña lámpara de mesa. Encendió un cigarrillo y observó las volutas de humo que se disolvían lentamente. Humo... pensó. Percibió una quietud inusual rara vez experimentada por su espíritu impetuoso. Parecía que los sonidos exteriores de la calle varios pisos más abajo se habían acallado: los automóviles, el tren, las voces, los bocinazos, la música estridente, todo, todo sonido había desaparecido. Hasta los vítores de sus fans al salir del escenario y el galopar de la consiguiente persecución al camerino. ¡Tenco!, ¡Tenco!, ¡Luigui Tenco! Ya no oía sus voces. El silencio se había aposentado sobre su espíritu atormentado.   

Se derramó sobre una butaca en la esquina del salón y desde allí pudo ver el cielo de la noche regado de estrellas que se asomaba a la ventana enmarcada de cortinajes frente a él por donde fluía ocasionalmente una suave brisa. Noche como la que inspiró la estrofa de su canción: He sabido que te amaba cuando he visto que bastaba una frase tuya para que una noche cualquiera comenzara por encanto a iluminarse.    

Transcurrió un tiempo indeterminado hasta que el compositor decidió tomar una hoja de papel de la pequeña mesa para garabatear unas notas mientras tendía la mirada, de vez en cuando a la pequeña ventana como ojo al mundo. Al mundo que sentía ya no participar. Parecía concentrado en el recuerdo de la letra de una de las composiciones que lo habían hecho famoso y lo habían consagrado como cantautor, tanto en su país como en el extranjero. Si era por fama, no pecaba de esta. Pero sí de amor. Todo, o casi todo lo tenía: Talento, éxito, viajes, fama, belleza, mujeres, pero amor, amor como esperaba, no.    

Dos años atrás lo había encontrado y le comió las entrañas. Contaminó su alma. No lo pudo asir para retenerlo. No pudo saciar la sed de ella, quien se dejó querer, amar y dio de sí lo que pudo, pero no fue suficiente para él. No estaba en ella entregarle más, darle más amor. No podía dárselo, su humanidad no daba para tanto. No era capaz de producir el amor que él, ansioso, le reclamaba. Y se cansó de tanta exigencia. Sólo Dios tenía el poder para llegar a su alma porque el amor es así, arbitrario, inasible, inexplicable. Se puede dar a manos llenas, pero sólo se recibe si el terreno es fértil para plantarlo y esperar a que dé su fruto. Y en las expectativas de ella no figuraba ese exacerbado sentimiento. No pudo contra ese designio, él. Y pensar que poco tiempo antes hablando con alguno me puse a decir que ya no volvería más a creer en el amor, a ilusionarme, a soñar... Le entregó su amor, su inspiración, su vida y no pudo llegar al lugar inasible donde nace ese manantial divino. 

*** 

La noche devoraba sus ansias de vivir. Una noche que se había apoderado de su ser y ni siquiera las pequeñas lucecillas que resplandecían en aquel firmamento podían avivar un ansia de luz en su ánimo. Desde su asiento volvió a mirar el cielo; la luz ajena de las estrellas no le insuflaba alegría, vida, iluminación. Por el contrario, deseaba rehuirla, borrarse, integrarse a la noche oscura. A su mente vino el recuerdo de la canción que le escribió en un arrobo de amor y de pena, de una pena inmensa e inmisericorde que le roía las entrañas cuando supo que estaba irremediablemente enamorado y que su amor no era suficiente para provocarle el arrebato que podría saciar su pasión: He sabido que te amaba y ya era demasiado tarde para volver.    

Se levantó de la silla y paseó por la habitación. Sonó el timbre del teléfono, lo miró con mirada vacía y no quiso contestar. Se sentía mejor así: solo, incomunicado, asordinado. En la semi-oscuridad vio su imagen reflejada en el espejo. Se asomó a ese ojo de la realidad y pudo ver a ése que lo miraba desde otra dimensión: Taciturno, sombrío, con mirada oscura y rostro atormentado. Se sirvió un trago y encendió otro cigarrillo.   

Volvió a la butaca y continuó sorbiendo el trago y fumando el cigarrillo con fruición, como si lo disfrutara, mientras iba recordando tiempos mejores, cuando en realidad no lo fueron. Por un rato busqué en mí la indiferencia, me dejé llevar por el amor...   

Y continuó recordando la canción que le escribió como mayor tributo: Ho capito che ti amo. Esta tendría el poder de convocarla para enamorarla de nuevo. Eso esperaba él. Y esa canción, su mejor canción, alcanzaría la cima y allí estaría ella encumbrada a través de su letra, y viajaría el mundo entero, y la cantarían los mejores cantantes y los que no son cantantes. Porque sería la más hermosa melodía de amor que se podría escribir e interpretar. Su última carta en pos de alcanzar lo inalcanzable: San Remo. Festival de San Remo 1967. El mejor festival de canción del mundo. Ahí triunfaría su última composición que le serviría de trampolín a la fama internacional. Y después, al mundo entero ella, su amada, a través de la más hermosa composición amorosa. 

***

El festival abrió. En el camerino algunos participantes fumaban, se mordían las uñas mientras otros atisbaban ansiosos tras los cortinajes a los que ya se enfrentaban al jurado y al público. Durante su espera, no quiso ser testigo de la participación de los demás. Quiso mantenerse ajeno a la nerviosidad que imperaba en el ambiente. Eran profesionales con nombre. Se dedicó a fumar, a leer las cartas de las fans y a posar para los fotógrafos.    

Llegó su turno luego de una razonable espera. Respiró profundamente por la nariz y exhaló lentamente el aire por la boca. Se abotonó la chaqueta y salió al escenario sobrio y elegante, calmado, en medio de una ovación. Al comenzar la orquesta los primeros acordes, se acercó al micrófono y entonó los primeros versos mientras la buscaba disimuladamente, con la mirada, entre el público sabiendo que no estaría allí. Cerró los ojos para concentrarse en la interpretación. Cantó con el alma en vilo, con pasión y por momentos su rostro se transformó con el mensaje de la letra: sublime a ratos con los brazos abiertos y la cara hacia el cielo; apasionado, casi fiero con los puños cerrados y el ceño fruncido en otros momentos. Fue un galopar de emociones en los breves minutos en que duró la interpretación, hasta que desembocó en la catarsis final que lo dejó calmado frente al público, con la cabeza baja. Los aplausos no se hicieron esperar. Saludó con una reverencia y se retiró al camerino en medio de los vítores a esperar el dictamen del jurado. Y el dictamen llegó al finalizar las presentaciones. 

La ilusión es cruel porque tras su velo está la realidad y la realidad es, a veces descarnada, como la muerte. Y esa noche estaba sentado allí en su cuarto de hotel, solo, incomunicado, apagado, después de su participación en el festival. Vacío de ilusiones. Nadie, ni el jurado ni el público pudo entender. Cantó con el alma, con la fuerza de la devoción, de la pasión, del dolor, de la inspiración. Ciao amore, ciao amore, ciao amore, ciao. Y triunfó..., triunfó... una canción inocua, insustancial, no su hermosa composición. 

*** 

Sentado aún en la butaca, extendió su mano y tomó el papel que momentos antes escribiera. Con el seño fruncido, concentró su mirada en las letras que no le comunicaban nada y pensó: Ya no importa... Tiró con inmenso desprecio el papel que cayó al piso. Se levantó del asiento con impulso súbito, con una rara energía que lo movió hacia la mesa de noche. Con la misma mano que momentos antes sostuvo el papel, ya intrascendente, tomó algo de la gaveta y caminó varios pasos alrededor de la habitación como si ya le resultara pequeña para la inmensa ira que se había ido aglutinando en su pecho. Lentamente y con precisión, con la fiera mirada fija en la ventana abierta, fue levantando el brazo hasta colocarlo a 45 grados, con ira, con una infinita ira, apuntando a su sien derecha con el frío cañón que borró con una detonación espantosa toda la inspiración, el amor y la pena infinita de que fue capaz mientras duró su malograda vida. 

*** 

La prensa se congregó frente al hotel cuando se enteró del suceso. Algunos oficiales de policía custodiaron el lugar. La prensa especuló, indagó, investigó el paradero de la musa. Pero ya nada de eso importaba.    

Fans de ambos sexos y distintas edades abarrotaron el frente, el lobby del hotel y las calles aledañas, llorando y escuchando la canción que lo catapultó, al fin, a la fama internacional a través del tiempo. Composición que la radio y la televisión difundieron hasta el cansancio, porque nadie, nadie quería dejar de escuchar la hermosa melodía de amor.   

Por la ventana aún abierta entró irreverente la primera luz del amanecer. En el aire quedó la melodía de la canción que se dispersó como un aroma que lleva reminiscencias de un tiempo recién pasado, que transportaba a un lugar desconocido; al lugar donde vagan las almas en pena, que no pudieron alcanzar en la realidad sus más caros anhelos.

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