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Cuentos

INDICE

 

EL PRIMER DIA DE LA HISTORIA

 

HO CAPITO CHE TI AMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 a Adolfina Villanueva

in memoriam

Aquella mañana, como de costumbre, se levantó cuando cantó el gallo y los coquíes callaron. Coló el café y se asomó furtivamente por la persiana. A lo lejos, a través del palmar, se asomaba un horizonte como línea difusa entre el cielo y el mar, en un todo de distintos matices.

El murmullo de las olas la sumió en un ensueño. Así, recordó que su despertar, desde que nació, siempre estuvo acompañado del sonido de las olas y del cantío de los gallos. Sus sentidos despertaron a los mismos estímulos: la música del mar, el olor a salitre, la caricia de la brisa marina, el sabor salado del aire y el azul del horizonte.

Respiró profundamente la brisa salobre de la mañana entremezclada con el aroma del café recién colado. Mientras tomaba el pocillo negro, acercó una silla y se sentó a contemplar, pensativa, un rayo de luz oblicuo y cargado de minúsculas y luminosas partículas de polvo que se filtró por una hendija entre las tablas de la pared. Se reconoció a sí misma en una de aquellas partículas flotantes en el efímero rayo sentenciado a muerte por las sombras y ponderó que su vida, tranquila hasta aquel momento, había perdido la paz a la que estaba habituada. En su mente sobrevoló aquella palabra nueva y artera: deshaucio.

Miró nuevamente por la ventana y se detuvo en una escena que le llamó la atención. Notó algo que dibujó una línea de preocupación en su frente. De nuevo recordó el significado de la palabreja esgrimida por el propietario: deshaucio. Dejó apresuradamente el pocillo sobre la mesa y corrió hasta uno de los cuartos donde su hombre se hallaba. Tardó un poco en sacudirle el sopor del sueño; pues había estado toda la noche pescando jueyes y regresó de madrugada, sin nada. Tiempo perdido. Lo zarandeó varias veces hasta que logró despertarlo. ¿Qué pasa? Al ver la cara preocupada de su mujer y el misterio en su voz, se percató de que algo anormal ocurría. De un tirón, se puso los pantalones y corrió hacia la ventana de la cocina. Por la persiana entreabierta vio que, al otro lado de la verja, se paseaba Benito el propietario, con mirada sospechosa. Observó que después de darle varios rodeos a la casa, se fue, como si hubiera estado haciendo una inspección. Qué estará haciendo por ahí el desgraciao ese… No nos puede tiral a la calle. Y meno con sei muchachito… Se supone que aquí hay justicia. Que aquí hay justicia… ¡Jum…! Leyesss… Eso es lo que hay en este país. Leyes pa' jodelnos a los pobres, respondió, sus dientes apretados, la mujer. Callaron y quedaron pensativos, sentados. La mirada desolada, fija, en un punto incierto del trozo de horizonte que se percibía a través de la persiana. La mujer se levantó y comenzó a trastear en la cocina. Al rato, le sirvió al marido una taza de café con leche y se tomó el pocillo que había dejado, momentos antes, sobre la mesa. Desayunaron en silencio.

Él se levantó y miró nuevamente por la ventana. Volvió a ver a Benito. Ella, a su vez, lo miró con la sombra de un mal presentimiento prendida en la mirada. Luego, los niños mayores se levantaron llenando la casa de risas y gritos. Les dio el desayuno. Prepáresen pa’ ir a la escuela. Un niño de año y medio dormía en una cama cerca de la ventana y los otros cinco se encontraban por toda la casa alrededor de las nueve de la mañana, cuando comenzó un alboroto. Llegó el alguacil con un contingente de policías. Desde el otro lado de la verja de alambre, les gritaron por un megáfono que tenían que salir, que debían acompañarlos al Cuartel. Dentro de la choza reinó el silencio. El alguacil lo interpretó como una negativa. Volvió a llamar. Ante la obvia negación del matrimonio, el Sargento gritó: ¡Van a tener que salir a las buenas o a las malas!, y a sus órdenes, sus hombres sitiaron la casa. El oficial saltó por la verja y se enfrentó al padre de familia ordenándole, en repetidas ocasiones, que abandonara la propiedad. El hombre, con gesto indeciso, sólo dijo: Enséñeme los papele. Los policías, armados con revólveres y armas largas, fueron cautelosamente dispersándose por la playa, rodearon la casa y un contingente mayor se agrupó por la parte de atrás.

Para obligarlos a salir, comenzaron a lanzar bombas lacrimógenas, hasta que el aire se enrareció con el olor irritante. Todo el ambiente se cubrió de brumas. Las gallinas cacarearon frenéticamente y revolvieron el arenal en una carrera desenfrenada. El hombre sintió a sus hijos asustados en el interior de la casa y calculó el poder de la fuerza policíaca; pensó que era mejor acatar las órdenes del sargento. Sacó de su bolsillo un mohoso e inservible revólver que había ocultado con el propósito de amedrentar y lo alargó hacia el oficial. En ese instante, la mujer, con sus ojos llorosos, salió de la casa y les arrojó las grillas que había usado el marido para alumbrarse la noche anterior, pescando jueyes. Y mientras las arrojaba, blandió al aire un trozo de machete. Con voz enronquecida gritó: ¡Váyasen pal carajo! Casi de inmediato, otros policías saltaron la verja y, en un despliegue exagerado de su fuerza, se colocaron en posición para comenzar una balacera por todos los flancos. Sin que pudiera recuperarse del desconcierto por la ira descontrolada de la mujer, el Sargento comenzó a disparar reiteradamente.

La mujer corrió. El marido corrió. Los gases inundaron totalmente la pequeña choza. Las balas penetraban por las ventanas cerradas y silbaban cerca de los oídos de los niños quienes tosían, lloraban, gritando aterrorizados. Enloquecidos por el miedo, los pequeños se estrellaban ciegos contra las paredes y corrían a ninguna parte.

Acosada por los disparos, la mujer, despavorida, corrió buscando refugio de la balacera. Y, sólo por un instante, vio que la vida se le convertía en algo ajeno, que ya no le pertenecía. Entendió que todavía le quedaban muchas cosas por hacer, que aún quería noches de amor con su negro, que todavía quedaba ternura para sus negritos... muchas palabras de amor por decir, conversaciones por terminar, caricias que prodigar… Que aún no completaba su misión en la vida…. Y… ¡cuán absurdo que todo acabe así, sin su consentimiento!

 Pensó en sus hijos; en su hombre. El pensamiento se aposentó en ellos. Se sintió sola. Tuvo miedo, pero no por sí misma, por los otros, por los que quedarían, por los que la necesitaban, por los que era preciso vivir. Deseó poder ocultarse de la muerte que la acechaba, que la reconocía. Aturdida, pudo escuchar aquella injuria escupida en plena cara: Negra sucia. Y, malherida, se volvió y esgrimió nuevamente su machete. De frente. Frente a doce balas que fulminaron su cuerpo, que perforaron doce rojos huecos en su pecho. Que perforaron también su corazón de madre, su corazón de amante. Pudo ver al enemigo frente a frente. A la cara. Y vio el rostro de la muerte vestida de azul que venía ya a buscarla con su mirada impiadosa, abusiva, implacable.

Sobre la arena, cayó de boca, con el horror de la última escena cristalizada en sus ojos siempre abiertos. Y sudó sangre abundante que fue filtrándose desde los enormes doce poros de su pecho hasta la tierra. Tierra que le pertenecía y de la cual querían despojarla. Hacia ese pedazo de tierra donde quedarían, luego, los escombros de su vida y la de sus seres amados. Escombros que dejó como legado a sus hijos. Escombros de madera y de muñeca rota, desmembrada, descuartizada. Y allí quedaba un zapatito blanco de niña, como paloma herida por la muerte, que también se llevó volando hacia la nada unos pasos que ya no volverían.

Esa noche no hubo luna en Medianía... El barrio de Medianía. El cielo lloraría torrencialmente para mezclar su llanto con la sangre derramada, con la vida violentada. Aquella noche no pudo haber ninguna luna en Medianía... El cielo vistió de luto sus nubes negras. No hubo luna allá en Medianía... Porque la luna era negra como ella. Porque de luto fue la atmósfera en su muerte. Rabia y luto. Muerte oscura. Y sobre todas las cosas, porque no fue suficiente una sola bala para aplacar la milenaria rabia del corazón de una … pobre… mujer… negra… Adolfina de luna negra en Medianía.

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