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Fotografía del Aguila Blanca con su partida cuando posaron para una foto histórica, enarbolando la bandera puertorriqueña por primera vez, en un acto de afirmación puertorriqueña sin precedentes.

Playa de Ponce, Junio-1899.

JoséMaldonado Román

El Águila Blanca

(derechos reservados foto del Aguila Blanca Margarita Maldonado Colón)

 

 

 

 

Por las rejas de la cárcel

no me vengas a buscar,

ya que no me quitas penas,

no me las vengas a dar.

 

Canción popular

Desde niña, la leyenda del Aguila Blanca ha estado muy cerca de mí.  Siempre escuché las historias sobre sus hazañas.  Era una especie de héroe, bueno y terrible a la vez.  Había que hablar de él en voz baja y mirando hacia todos los lados para no ser descubiertos.  Era tabú.  Estaba prohibido preguntar aun veinticinco años después de su muerte.   Hasta el día de su muerte, Abuela no quiso soltar prenda.

Sabía que era un proscrito, alguien que estaba fuera de la ley, porque la ley no era justa.  No fue justa con él cuando lo encarcelaron a la edad de once años, siendo un niño aún. Tampoco fue justa cuando los trabajadores trabajaban de sol a sol para ganar su sustento y lo ganado no alcanzaba para alimentarse, mientras el producto de su esfuerzo iba a engrosar las arcas de quienes los explotaban. En algún momento de su vida decidió reclamar justicia a los que los oprimían. Por eso lo admiré, como lo admiraban los que transmitían la historia de boca en boca.  Quizás más, porque ante mis ojos de niña pobre y marginada soñaba que la justicia debía ser igual para todos, y si no lo era, era justo que la reclamáramos a las buenas o a las malas.  Eso fue lo que conocí del Aguila Blanca, o Pepé, como lo llamaban los que de manera directa o indirecta lo conocimos.

Oíamos que era mago porque tenía libros de magia y por esa razón escapaba de la cárcel la misma noche en que lo ingresaban.  Era tuerto y manco como los piratas.  Quemaba cañaverales cuando los propietarios le negaban lo que les exigía.  Repartía entre los pobres el producto de sus gestiones, legales o ilegales.  Fue un buen padre y un buen esposo. Era compasivo con el necesitado e implacable con el abusador.  En el barrio todos lo respetaban y admiraban. Vestía bien: pantalón y chaqueta de hilo, reloj con leontina, sombrero panamá y su inseparable revólver.  Por las noches se reunía en el balcón de la casa a conversar con unos señores elegantes que nadie sabía quiénes eran.  Allí les contaba sus andanzas.  Mi padre, siendo un niño pequeño, los espiaba detrás de la puerta y cuando lo descubrían lo mandaban a dormir.  Una noche oyó al Águila contarle a aquellos hombres la historia de una de las huidas de él por el monte y cómo unos viejitos le dieron albergue advirtiéndole que tuviera cuidado porque la guardia les había avisado que por allí andaba un prófugo peligroso.  Al otro día, se despidió de ellos bien temprano y les entregó una nota para que fueran a casa de un propietario y se la entregaran, que éste les recompensaría por el gran favor que le habían hecho.  Les advirtió que él era el prófugo y que era menos peligroso que los que regaban aquella noticia.

Los pobres del barrio recibían pan de sus manos, --pan de verdad, libras de pan que repartía por el barrio-- así lo recuerda Chago Cuesta.  Repartía dinero y medicinas a los necesitados, según lo recordó Goyito Rodríguez, quien lo acompañó en muchas ocasiones a casa de los Nevárez, los ricos terratenientes residentes en Toa Baja en esos tiempos, para requerirles, mediante una nota, dinero para personas necesitadas que luego repartiría en presencia de él. Albizu Campos lo visitó en varias ocasiones.  También otras personas entre los cuales se encontraba un periodista.  Y periodista fue uno de sus abuelos. Murió en 1932, de cáncer en la garganta, mientras recibía atención médica en el Hospital Presbiteriano de San Juan.  Un médico norteamericano al que le decían el alemán lo inyectaba.  Al morir dejó a su prole, huérfana y desvalida, como única herencia, la pobreza y la dignidad.

Ese fue José Maldonado Román, El Aguila Blanca.  Así lo veía la gente humilde, pobre y sencilla.  Así lo conoció su familia.  Así perdura en la memoria colectiva de las clases populares que encuentran en él el símbolo más accesible a la necesidad de una figura justiciera que asuma su representación ante la historia en momentos en que se nos ha querido arrancar de cuajo nuestro pasado histórico y revolucionario.

Esa es la versión de la tradición oral.  No hay documento que respalde la totalidad de los hechos, pero hay testimonios que pueden corroborar los documentos.  ¿Le resta esto validez a lo que también es parte de la historia?  El documento escrito es importante en el proceso de investigación histórica como lo es también la tradición oral.  El dato desnudo y escueto no arroja suficiente luz para ver con claridad.  Es necesario integrar al dato, el estudio de las ideologías, los mitos, la visión de mundo y otros elementos que forman parte del proceso histórico.  Con un expediente intervenido por las autoridades y confinado a la visión de estas, sacado fuera del contexto en que se producen los hechos, no se puede hacer una interpretación responsable de un momento histórico determinado.  Eso es lo que han hecho con El Aguila Blanca.  Ningún historiador debe esperar que el expediente de un jefe de una de las llamadas partidas sediciosas —calificativo que expresa toda la carga ideológica impuesta por la clase dominante— diga cosas buenas de él, con más razón si fue redactado por los representantes de la llamada ley, que buscaban con el castigo reprimir a aquellos que estaban en contra del orden establecido.  Y El Aguila Blanca estuvo en contra del orden establecido hasta el día de su muerte.

Queda mucho que armar en el rompecabezas, pero aún hay preguntas que algunos de los investigadores pasan por alto. ¿Por qué huye junto a Abelardo Moscoso a Nueva York siendo éste un prófugo de las autoridades por su participación en la Intentona de Yauco? (La Democracia, 22 mayo 1899) ¿Qué hace un “bandolero social”, como lo llama Picó, firmando junto a prominentes figuras el Manifiesto de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano? (Loida Figueroa, Historia de Puerto Rico. V. II, Apéndice VI, p.455)  ¿Por qué aparece como miembro de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano? (Reece B. Bothwell y Lidio Cruz Monclova, Los documentos... ¿Qué dicen?, Parte V, Acta de Disolución, p. 471). ¿Quiénes eran las personas en la lista negra encontrada en la cartera de El Aguila Blanca? (La Democracia, 16 mayo 1899, p.2)  ¿Por qué hostilizaba a los “médicos americanos” de los baños de Coamo? (La Democracia, 18 mayo 1899).  ¿Por qué intenta eliminar a José Pamblanco y sale a relucir esto en el juicio seguido a Abelardo Moscoso? (La Democracia, 22 mayo 1899).  ¿Por qué José Pamblanco, quien fue acusado de conspiración para cometer el asesinato de Eugenio Deschamps, director de El correo —y contra quien atestiguó El Aguila Blanca— es sentenciado a 8 años de prisión y un juez puertorriqueño lo absuelve? (La Democracia, 9 junio 1899).  ¿Por qué El Aguila Blanca desconfía, entonces, de los jueces puertorriqueños? (El Combate, La Democracia, junio 1899). ¿Por qué el respaldo de los periódicos revolucionarios El Correo, El Combate, La Metralla y el repudio de los periódicos oficialistas —que responden a la visión de mundo de la clase dominante— como La Demoracia y La Correspondencia?  Hay muchas interrogantes para las cuales hay contestación.  Es justo que el lector vea la otra cara de la moneda.

Aún no se ha cerrado este capítulo de nuestra historia.  Lo cierto es que en su momento lo enjuiciaron y pagó con creces su deuda ante las autoridades.  Ahora, después de muerto lo quieren enjuiciar nuevamente.  Yo defiendo a mi abuelo; cada cual que defienda al suyo.  Estuve en el Ateneo y fui testigo de lo que allí sucedió.  La función de la historiografía no es moralizar porque la historia es amoral.  Mucho menos si se hace desde la perspectiva de una moral burguesa.  Si bien es cierto que no se debe perpetuar la mitografía, también es cierto que la historiografía no debe convertirse en uno de los aparatos ideológicos del estado.

De lo que sí tenemos certeza es que, de acuerdo a su concepción de la justicia, El Aguila Blanca murió con la convicción de que luchó por ella.  Para nosotros, el símbolo está vigente y éste representa el ansia de libertad y de justicia social que el hombre sencillo ha rescatado del olvido a través de la tradición oral y a lo cual todos tenemos derecho. 

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